Arte en las paredes; arte en la mesa

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Disfrutar de la gastronomía más allá de la buena mesa era la propuesta del Gastrofestival, que cerraba este pasado domingo en Madrid su última edición repleta de buenas propuestas, casi inabarcables pese a sus dos semanas de duración. Y aunque no sea fácil elegir (¡ni necesidad que hay!) me quedo de entre lo visto, probado o sentido con las propuestas de la Galería Standarte. A la gastronomía, como al arte, variedad y pequeñas porciones -con sabor, con contundencia en su mensaje-, son lo que les hacen conservar su identidad, la diferenciación. Si se abusa -de lo uno o de lo otro- es a riesgo de empachar. Y “el menú” de Standarte así lo prueba, creo  yo.

Conceptual y muy visual María Viñas, como primer plato, con sus lienzos de llamativos colores, como de chicles imposibles salidos con Charly de la fábrica de Willy Wonka,  forzado el lienzo por  utensilios de cocina. Pone los entremeses la sugerente –aunque por ello no poco inquietante- obra de Mon, que encierra en latas de conservas paranoias y obsesiones varias, juegos del inconsciente pugnando por salir de su metálico encierro, atrapados contra el muro invisible del cristal. Más provocador y directo en su mensaje son las balas con que Javier Marquerie cocina su “zarzuela de plomo y tripas con salsa española o su granada “confitada al aroma de hierbas de la tierra en jugo de reposo”.  Balas y granada de verdad, de las de Brunete, en packaging de plástico al vacío de esos de cocer tres minutos al vapor  y…listo para degustar. Y de postre, para terminar suavizando la experiencia y dejar buen sabor de boca,  un óleo de la artista Soraya Sgabe, salpicando con refrescantes colores un lienzo blanco merengue, nata montada, helado de yogur.

Y para arte en las paredes y artistas en la cocina, ya fuera del Gastrofestival, no me resisto a comentar mi última comida de esas que le hacen a uno sentirse bien, de los que una sale con mucho mejor talante que con el que entró. Covadonga de la Rica lleva décadas dedicada al arte culinario y al de saber recibir. No en vano es Cordon Bleu y después de pasar por fogones varios hace ya unos años que abrió Maitía en el 16 de Trueba y Fernandez (Madrid) su espacio natural, donde ella y su marido Fede se recrean en el arte de cuidar, en el fondo y en la forma, al comensal que sube los escalones de su pequeño local. Es un local coqueto, discreto y acogedor. Sus dos alturas y forma en ángulo recto y el color verde marino de sus paredes le dan un aire doméstico, hogareño, como de casa buena. Vamos, que apetece estar.

Y del comer ¡qué decir! Como los buenos hermanos comparten su plato, ninguno de los  que nos sentamos aquel jueves a comer nos resistimos a probar las viandas llegadas al plato de al lado. El huevo poché con habitas, en perfecto punto ambas, no podía estar mejor. Los boletus, crujientes, sabrosos, originales. Y de los guisantes… ¿qué decir? batiendo récords. Para los segundos no quedaba ya rastro de confraternidad y cada uno engulló con fruición su platillo, aterrados por tener que compartir ese confit de pato que si prometía a la vista no defraudaba al paladar, afortunadamente hubo quórum  en la mesa y era solo el del salmón, solo ante el peligro quien más tenía que temer…

Todo ello en un ambiente cuidado, agradable, cálido, acogedor. Un sitio de esos a los que siempre hay que volver.

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